lunes, 6 de octubre de 2014

FILMOTECA NOSTÁLGICA



Una película que vi de niña y que me encantó. Supongo que, como a mi hija hoy día, me gustaban las "historias de chicas" con canciones y final feliz. Preciosa. Y la vi en VHS.

EL VIENTO QUE AGITA LA CEBADA-RAGTIME

 




Ragtime es una película inferior a la de Ken Loach. Lo es porque, de las tres historias que pretende desarrollar, solo una, aquella en la que pretende apoyarse el guionista, la que tiene verdadera enjundia (y por esto mismo), tiene un planteamiento, nudo y desenlace claros. Esto no implima que Ragtime no sea un bonito fresco de la América de principios de siglo (con tributo al origen del cine incluido: homenaje hermoso pero mal resuelto), y que no presente personajes atractivos, excelentes interpretaciones, una fantástica ambientación... Sin embargo, se da de bruces al querer abarcar historias que añaden poco a la trama principla (como ocurre con el juicio al marido de Evelyn, la corista sin escrúpulos).

Lo más interesante de Ragtime, por cierto, tampoco es la música, a pesar de la excelente banda sonora y del hecho de que el protagonista sea un pianista (negro), sino el planteamiento moral sobre la violencia, que la acerca  a El viento que agita la cebada.

La pregunta que ambas películas muestran al espectador es la siguiente: ¿puede considerarse la violencia legítima cuando se trata de la violencia de un "débil"? Es decir, ¿es la violencia inmoral cuando se usa para someter y, en cambio, aceptable cuando un individuo o un grupo la usan para reivindicar sus derechos y su dignidad?

Aparte del análisis que cada espectador pueda hacer, la película de Ken Loach está claramente a favor de este tipo de violencia y la legitima desde el punto de vista moral. La base de su argumentación estriba en que un pueblo sometido, colonizado, al que se obliga a renunciar a los elementos que conforman su identidad por la fuerza (esta es la clave), sin opción al diálogo ni a la reivindicación de su autonomía, solo tiene en su mano la posibilidad de utilizar la violencia, más aún, el terrorismo. Desde el punto de vista de Ken Loach, el Reino Unido es el responsable de grupos extremistas como el IRA por no haber solucionado con justicia la independencia de Irlanda. La vía pacífica propuesta por Michael Collins, tal y como se muestra en la película, solo sirvió para ceder el norte de Irlanda y mantener la presencia y el control del Reino Unido en la isla. Así pues, si la parte "débil" de un conflicto no consigue su objetivo (justo, digamos) mediante el diálogo, puede utilizar la violencia como un medio justificado para un fin "bueno". En la película de Ken Loach, pues, hay una posición favorable al terrorismo cuande se dan causas histórias y políticas injustas, es decir, de sometimiento de un pueblo por otro en aras del dominio y la colonización.

Los personajes encuentran también la justificación moral del asesinato en este ideal que está por encima de sus deseos, necesidades y preferencias. Así, el personaje principal, un estudiante de medicina reticente a empezar una "guerra de guerrillas", como parece que fue al principio la reivindicación de la independencia de Irlanda, no duda en ajusticiar con un tiro en la nuca a un pobre mozo de cuadra que por miedo delató a sus compañeros; y, del mismo modo, el hermano de dicho estudiante tampoco se amilana cuando decide fusilarlo por no avenirse al nuevo gobierno irlandés (controlado por los británicos). Estas situaciones son las que hacen pensar en que, si bien parece que desde un punto de vista global, el de un pueblo o grupo de gente, la violencia está justificada cuando las alternativas pacíficas se cierran con la misma violencia, las decisiones individuales que implican acabar con la vida de otros en aras de un ideal superior no resultan justificadas del mismo modo. Pues, en este último caso, el individuo actúa como un dios enfurecido que posee la verdad y la única verdad y que es dueño de la vida de los otros. ¿Cómo justificar moralmente, cómo considerar "buenas" estas acciones?

Por otro lado, hay que considerar si hay diferencias entre una acción bélica (la guerrilla atacando  aun grupo de soldados) y el secuestro y asesinato de un dirigente (por supuesto, británico, anglicano, y despreciativo con los irlandeses). Ambas situaciones derivan de la violencia, son propiamente violentas, pero, ¿igualmente justificables, incluso desde el punto de vista del "débil"? ¿Una persona representa a todo un pueblo (idea en la que se escudan los terroristas para asesinar a otros, más o menos culpables de su situación de inferioridad)? En definitiva, Ken Loach parece tener clara una cuestión que presenta claros problemas éticos.

En la película Ragtime se trata del individuo que se enfrenta al grupo. El protagonista es un pianista negro, como ya hemos señalado. Unos bomberos voluntarios, blancos, unos "rednecks", le humillan echando excrementos en el asiento de su flamante coche nuevo. El pianista decide no ceder: el bombero responsable tiene que limpiar su coche. Esto le lleva a denunciarlo, a intentar presentar una querella, y a pasearse, en definitiva, por despachos oficiales y de diversos abogados que no ponen intención verdadera en ayudarle. Cuando la madre de su hijo, con la que pretende casarse, corre a un mítin del vicepresidente de la nación gritando su nombre y muere como consecuencia de la paliza de un policía excesivamente celoso de mantener el orden, la ira le domina y no ve otro camino que la violencia y el terrorismo. Se convierte en el criminal más peligroso y temido de Nueva York y el más buscado por la policía. Finalmente, se atrinchera en la emblemática Biblioteca J.P. Morgan, reivindicando su justicia: el coche limpio y el bombero a su merced. 

La policía de Nueva York (encabezada por el comisario interpretado por James Cagney, en su última película) despliega su fuerza alrededor de la biblioteca (el pianista ha conseguido reunir a un grupo de amigos músicos y a un artificiero herido de amor por una corista). Hay intentos de negociación y persuasión. La escena más interesante es la que enfrenta a un líder negro pacifista (Washington) y al pianista convertido en violento terrorista. El líder argumenta (con furia) que la violencia solo engendra violencia, y que la paz y la comprensión llevan a la dignificación de los negros y a la estima de los blancos (a los que ha habido que enseñar que no tienen por qué temer a los negros). El pianista, con su ejemplo, está echando por tierra el esfuerzo (su esfuerzo como activista) de muchos hombres y mujeres que demuestran integridad y honestidad. Para el pianista, esto es otra forma de claudicación y sometimiento al hombre blanco.

La historia termina mal, lo que hace pensar que Mr. Washington tenía más razones a su favor. El pianista muerte acribillado después de rendirse. El comisario da la orden: su obligación es terminar con un criminal. Pero acaba con un hombre bueno, reconvertido en un violento por culpa de la ira. La ira es una pasión individual, pero, ¿justificada, al menos, en este caso? El pianista lo dice: no tuve otra opción, pues nadie me ayudó a aplicar la ley a ese blanco por ser él un negro. De nuevo, otro caso en que el "débil" opta por la violencia para enfrentarse a la violencia del "fuerte", y que tampoco trae consecuencias calificables de beneficiosas, ni siquiera sirve para instaurar un nuevo orden. Todo sigue igual después de su sacrificio. El individuo no puede ganar así al sistema, parece decirse en esta historia.

El débil puede ser un pueblo o un individuo, y en ambos casos, parece que la violencia es el único camino para enfrentarse a la que infringe el fuerte con vistas a mantener al débil en dicha posición. La violencia, claramente, no trae la paz, solo más respuestas violentas. Sin embargo, el débil la usa para ponerse al mismo nivel que el fuerte, o para revertir su posición y hacer del fuerte el débil. No parece que haya una salida moral clara a este dilema: la violencia, en bruto, es desestimable en valores absolutos; en el caso particular y relativo, solo podría justificarse como una manera de alterar la dialéctica del fuerte y el débil. Estas dos películas obligan al espectador a plantearse la cuestión, a que este viento agite su conciencia.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Djiango desencadenado

Djiango es un esclavo al que un extraño le compra su libertad. Más bien, lo compra y luego le concede dicha libertad a través de un trato: le ha de ayudar a asesinar. 
El curioso personaje (encarnado por el magnífico Christoph Waltz) que compra a Djiango es un ser de moral extraordinaria, pues, de algún modo, utiliza el mal para conseguir un bien. Por ejemplo, adquiere hombres como Djiango igual que cualquier tratante de esclavos. Sin embargo, les hace libres. Y de la misma manera, es un asesino a sueldo, pero solo de hombres blancos, grandes propietarios de tierras y de esclavos de malísima calaña. Se puede decir que este personaje pervierte el sistema y la moral, pues hace del mal un bien, lo que es un extraño proceder.
Por otro lado, tenemos a Djiango, un personaje negro de raíces mitológicas. Efectivamente, él es un Prometeo, no encadenado, sino deshecho de sus cadenas, menos de una, la de su mujer, Broomhilda. Entre esclavos está prohibido el matrimonio; sin embargo, Djiango ama a una mujer de la que es esposo, pero que no le pertenece a él, sino a un salvaje propietario, Calvin Candie, que no tiene nada que ver con la dulzura de su apellido. 
Candie es un hombre sin escrúpulos. No tiene conciencia de que el negro sea un igual. Es un ser creado para su disfrute, su negocio y su bienestar. No tiene derechos ni alma ni nada que se le parezca. Candie se dedica sobre todo a ganar dinero en las luchas de esclavos, luchas que son a muerte. Como gladiadores modernos, este género de esclavos solo sirve para matar a otros esclavos, sabiendo que en cualquiera de esas luchas la muerte le puede llegar. 
Y es que la película de Tarantino es el retrato de este personaje, hecho persona por un extraordinario Leonardo di Caprio que llena de matices a este Candie que es, fundamentalmente, un hombre malo sin conciencia de serlo. Es un egoísta y narcisista, un tirano al que, sin embargo, di Caprio dota de un salvajismo civilizado: el actor despliega del personaje toda la gama y grados de la maldad hacia el negro cosificado y llena de turbación e imprevisibilidad (que es el verdadero horror del mal, el no saber cómo se va a presentar el dolor o la violencia) la historia de este Djiango al que, como digo, no veo como el verdadero protagonista.
Pues hay otro personaje más, otro hombre perverso, a saber, el esclavo que gobierna la casa de Candie. ¿Podría ser este esclavo el verdadero amo en la sombra? Él se encarga de mantener sometidos a todos los criados de la casa, y por supuesto, su único afán es desenmascarar a Djiango, del que percibe sus intenciones al primer golpe de vista. Un hombre astuto este gobernante que termina poniendo en jaque todo el plan de Djiango, que no es otro que el de salvar a Broomhilda, una esclava criada por emigrantes alemanes y que, sorprendentemente, habla alemán (dato que seduce al liberador cazarrecompensas para ayudar a Djiango en la recuperación de su esposa).
La película de Tarantino usa el lenguaje del cómic y la imaginería del western para presentar una historia de interesantes personajes inmorales y de un héroe que lucha contra su destino como un Hércules mitológico. La grandeza de Tarantino es hacer que olvidemos al héroe insulso y que nuestra atención se centre en los grandes malvados, ya sea por pervertir el sistema con un objetivo más cercano al bien, ya sea por el propio interés o por conservar el poder. Excelente.

domingo, 8 de septiembre de 2013

FILMOTECA NOSTÁLGICA

Hèlas... Lo que pude llorar con esta película. La vi con quince años, magnífica edad para que ni siquiera moleste la traducción y el doblaje en castellano de unos diálogos que son maravillosos en francés y acartonados en castellano.La historia del poeta que seduce a la joven que ama para que otro se la quede... Ay, qué enorme tristeza producía en mi alma de adolescente, en mi bella alma de poeta de quince años, que no tenía la nariz grande, pero tantos o más complejos que ese. Al día siguiente llegamos mis amigas y yo, las que lloramos escondidas entre dos coches aparcados en la avenida principal de la ciudad de Melilla, y abrimos el libro de literatura española para leer el poema a la extraña nariz de Quevedo. Nos sentimos después en la cúspide de la máxima fineza literaria, en lo más alto de la montaña de los espíritus elegidos y libres. Éramos un poco tontorronas, pero hay que reconocer que muy auténticas. ¡Viva Cyrano!


MONSTRUOS UNIVERSITY

La diversidad se ha instalado en mi evolución como cinéfila. Ya es un hecho: puedo ir al cine... con Amanda. A ver películas de niños, claro. Mi terreno de conocimientos se amplía, nuevos retos se alzan ante mí.
Monstruos University es una historia sencilla que, además, es la secuela de otra película conocida, Monstruos S.A, que no tengo el placer (aún) de haber visto. Se trata de una sociedad de monstruitos cuya máxima dedicación, digamos, la labor más excelsa, su télos más auténtico, es dedicarse a asustar a niños. Así que algunos de ellos, desde pequeños, aspiran a convertirse en "asustadores".
Para ello hay que ir a la universidad, por supuesto. Copiando a la élite estadounidense, esta pequeña élite monstruosa también va a la universidad de los sustos (no sabemos si sus padres han tenido que ahorrar desde que nacieron para ello, no se habla de becas ni de nada semejante) y también ha de vérselas con las dichosas hermandades o clubes de estúpidos que tratan por todos los medios de achantar a los novatos. 
El planteamiento es un poco... idiota, pero claro, al final resulta que la película es entretenida y una sale pensando en que, además, tiene valores interesantes, aunque quizás un poco obvios: la aceptación de uno mismo, la lucha por un ideal, el compañerismo, el respeto por la diversidad...
El mejor momento de la película es que uno de los protagonistas hace trampas en la competición de sustos porque no confía en que su compañero, el alma mater del equipo, sea capaz de asustar. Este último, el verdadero protagonista, es bajito, redondito, con un solo ojo, de color verde y más bien ridículo. Gracias a la trampa, ganan. Pero cuando el pequeño genio conoce que él no ha sido capaz de llevar a su equipo a lo más alto, se hunde. Aún, de hecho, mereciendo ganar, porque el esfuerzo que ese pequeñajo verde había hecho por entrenar y enseñar a sus compañeros de equipo nadie más podria haberlo hecho. Su angustia, sin embargo, es comparable a la de Edipo re-conociéndose como asesino de su padre, amante de su madre y hermano de sus hijos.
No obstante, el de asumir las propias limitaciones, es un duro ejercicio ese. No se lo deseo ni siquiera al monstruito verde de la película. Así que el equipo se deshace pero el pequeño saltamontes hace un último intento: poner en riesgo su vida para demostrar que es capaz de asustar. La dura prueba vuelve a unir al tramposo y al verduno... Cada uno se da cuenta de que el otro le complementa y de que juntos son capaces de cosas imposibles por separado.
Un bonito mensaje final para fomentar, como decía, el compañerismo y el trabajo en equipo, la aceptación de uno mismo y de los demás. En fin, la tolerancia y todo eso....
Precioso si no fuera porque mi hijita de tres años y medio se durmió hacia la mitad de la película... No sé qué le habrá llegado de esta historia de monstruitos (moustros, como dice ella) bienintencionados.

sábado, 6 de abril de 2013

FILMOTECA NOSTÁLGICA

Esta vez traigo al blog una de las películas que adoré en mi infancia. Jugaba a ser Mary Poppons. No sé si esta película me gustaba porque quería ya, desde niña, ser algo así como una educadora admirada por sus educandos, o porque siempre he tenido algo de institutriz marisabidilla, o por todo el despliegue imaginativo y fantástico de la película. O por todo junto. Viva Julie Andrews, viva la palabra más difícil de pronunciar: supercalifragilísticoespialidoso.

Lo último visto en la tranquilidad del hogar (1)

Significa el título de esta entrada que mi plácida estancia en el salón de mi casa junto a mi bebé recién nacido se ha transformado en una vida llena de prisas y carreras en las que, oh, dioses del Averno, ya no cabe el tiempo para ver una pelicula con la ilusión de asistir a dos horas de vida ajena.

An Education (Lone Scherfig, 2009) ha sido una de las historias que han marcado la despedida del mullido y calentito sofá de mi casa (más de uno pensará que he vivido a costa del erario público... pero que no se olvide que en estos meses he amamantado y dormido a un niño, le he cambiado pañales, lavado, paseado, consolado, jugado con él; he hecho comidas diarias y recién hechas para los habitantes de mi hogar; he hecho recados, comprado, puesto lavadoras, tendido la ropa. recogido, planchado, hecho las camas cada mañana, limpiado; he llevado y traido al colegio a la mayor de mis vástagos, y también la he consolado en sus caídas, la he acompañado al parque, a cumpleaños, a sus actividades extraescolares, he reconocido sus éxitos y la he regañado en sus peores momentos de comportamiento; es decir, he criado y educado al futuro de este país y me he recuperado de nueve meses de embarazo para seguir siendo productiva). Esta es una buena película para reflexionar sobre la educación femenina y la educación en general.

No importa que esté ambientada a principios de los sesenta. Importa que se trata de una chica, Jenny, que cambia el esfuerzo del estudio y el sacrificio de aprender (en vistas a convertirse en una estudiante de la prestigiosa universidad de Oxford) por la vida alocada y sin responsabilidades que le ofrece un hombre mayor que ella, pero con un gran encanto personal. Los padres de la chica son unos seres anodinos, aburridos, mediocres, que la instan a estudiar y estudiar. Ella sueña con viajar a París, evadirse, huir. En la escuela sus profesoras alaban su trabajo. Sin embargo, ella está desmotivada, cansada, aburrida. En la escena clave de la película, Jenny entra en la cocina de su casa y les dice a sus padres (recordemos que es escolar, no ha terminado el bachillerato) ¿qué pasaría si me casase? Los padres, para su sorpresa y la del espectador, no oponen ninguna resistencia. ¿Por qué, después de tanto insistir en que estudie y se prepare, de repente no les importa que ella abandone todo lo que ha parecido dar sentido a su vida hasta el momento?

Sobre la educación, la película nos recuerda que aprender, prepararse, es un esfuerzo arduo y largo, y sin embargo asumirlo tiene una recompensa muy gratificante (como más tarde reconocerá la propia Jenny). Pero solo cuando es elegido por uno mismo: la imposición únicamente nos deja el sabor de la insatisfacción momentánea del trabajo del aprendizaje.

Sobre la educación femenina en particular, esta historia apunta a que la educación en las mujeres está, en efecto, infravalorada, y supeditada a las posibilidades que pueda ofrecer un matrimonio. Mi sensación, viendo esta película, es que los padres de Jenny insistían en su preparación porque no consideraban otras formas de medrar para su hija (en un ambiente de clase media, media baja, ningún chico iba a poder sacar a su hija Jenny de las propias dificultades que ellos mismos atravesaban). Y más allá, siento, no sé por qué, que la educación en una mujer sigue estando sometida a las otras facetas de su vida, la de esposa y madre. Puede que este sea el motivo de que en la escuela nos encontremos con chicas brillantísimas que después no siguen grandes carreras profesionales.

Yo misma, en el mullido y calentito sofá, con  mi bebé al pecho, pensaba en mis años de estudio. Lo mucho que los disfruté. En el deseo de evasión y de huida que también sentía, como Jenny. La misma idealización de París. Aunque no fui engañada como ella por un buscavidas. He sido siempre dueña de mi vida, en ese sentido.Tengo mi propio medio de vida. Y aunque no he llegado a alcanzar grandes cimas profesionales, creo que debo agradecer a mi educación el haberme llevado a este punto, aquí, precisamente, al mullido sofá con mi bebé. Porque no estoy aquí por no haber tenido otras oportunidades, sino por decisión propia. Y porque sigo pensando que estar con mi bebé es una más de las vidas que puedo tener, no la única, aunque sí de las mejores.