lunes, 20 de octubre de 2014

FROZEN

Hay películas que marcan la infancia de una generación y esta será una. Frozen, "helada", basa su historia en La Reina de las Nieves de Andersen. Elsa, la protagonista, tiene el poder de congelar. Cualquier movimiento de sus manos convierte en hielo lo que toca o aquello que señala. Es su don y su condena. De niña, jugando con su hermana, está a punto de provocar su muerte. Y el miedo a que su poder sea dañino hace que sus padres la separen de ella y la obliguen a ocultarse del resto de personas que la rodean. Frozen trata del miedo, de la aceptación de uno mismo, del amor entre hermanas. Este amor, y no el amor romántico (que en la película recibe un tratamiento secundario) es el que salva a la protagonista de sí misma y de su miedo. En este aspecto, parece que por fin la llamada factoría Disney se separa del prototipo de chica que llena su vida de felicidad cuando el príncipe (azul) se casa con ella. 

Elsa es un personaje poderoso. Vive un calvario a causa de su don. Pero hay un momento en que no puede ocultarlo por más tiempo y se destapa con toda su furia. Abandona el reino que le toca gobernar y funda su propio imperio de hielo donde ser ella misma y vivir sin ocultarse  lo que es. No le importa pagar el precio de la soledad. Ese momento en que Elsa pisa con fuerza y crea de la nada el palacio que la va a albergar, después de haber abandonado sus ropas austeras de mujer que se esconde y de haber soltado la trenza blanca de su moño, consigue hacer que todos los espectadores nos liberemos con ella de la cruz con la que le ha tocado vivir. Ana, su hermana, se ha pasado la vida echándola de menos y sin comprender por qué no podían jugar juntas. Pero su carácter positivo, alegre, entusiasta, la ha salvado de esa amargura, la misma que ha ido consumiendo a su hermana. Ana no entiende por qué Elsa no acepta su cariño. Y no se conforma con la huida de Elsa, ni la comprende, sino que se echa a correr a buscarla por los paisajes congelados para siempre después de que su hermana, a su paso, dejara el reino en un invierno eterno. Ana quiere recuperar la primavera para sus súbditos, pero sobre todo el amor de su hermana que esta parece empecinada en negarle. 

 Lo maravilloso de esta película son estos dos personajes, una en búsqueda de sí misma, la otra en busca del amor. El muñeco de nieve, Olaf, representa la infancia idealizada por Ana, cuando las dos jugaban con el don de Elsa. El extraordinario amor de Ana por Elsa es lo que consigue recupararla y vencer el miedo de Elsa a sí misma. Las imágenes, la música, los personajes secundarios... Todo acompaña para que Frozen, aparte de consistir en una mercancía rodeada de un extenso y poco agraciado "merchandising", sea también, o más aún, una película hermosa que llena al espectador de sentimientos de ternura y empatía por las personalidades de la historia. No es una película feminista (el "merchandising" así lo demuestra,  cayendo en muñecas sexis y ñoñas): pero, por fin, las mujeres que presenta tienen más redondez e independencia del brazo de un hombre. Maravillosa, en el sentido más legendario del término.